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Patarroyo en el Amazonas (exclusivo)

Manuel Elkin Patarroyo con Revista GENTE Colombia

Manuel Elkin Patarroyo. / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia.

Días antes de que la importante publicación Chemical Reviews hiciera público su aval al trabajo científico desarrollado por el colombiano Manuel Elkin Patarroyo, la revista GENTE Colombia lo visitó en su centro de operaciones, en su fortín de investigaciones en la ciudad de Leticia (Amazonas). Durante dos días Patarroyo nos habló de sus trascendentales avances científicos y de su vida, mientras la lente de GENTE lo seguía en su cotidianidad. Este es el reportaje exclusivo que pueden leer íntegramente aquí y también en el actual número de nuestra versión impresa.

Manuel Elkin Patarroyo en el Amazonas / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

Por Elizabeth Reyes Le Paliscot / Leticia / Amazonas

La vez que Manuel Elkin Patarroyo supo que había desarrollado la primera vacuna sintética de la historia, casi se ahoga en el Amazonas. Esa noche, un 26 de enero, hace ya 25 años, este médico, que tenía 39 años, se dejó tragar por las turbulentas aguas del Amazonas. Hoy confiesa que se quiso morir. Eran las 11 de la noche, estaba en la proa de un bote pequeño y sin chaleco salvavidas. Cayó al río como si fuera un muñeco de trapo y su cuerpo se hundió como plomo. Y sí, se quiso morir.

“Sabía que se me iba a venir el mundo encima porque nadie ha recorrido el camino que nos ha tocado a nosotros. Además, que tenía que empezar a vacunar seres humanos, era mi destino. ¿Y si alguien moría? Fue el pánico ante semejante responsabilidad, el que me hizo querer morir”.

Ahora, en compañía de GENTE, el científico con mayor reconocimiento internacional que ha tenido Colombia –nació en Ataco, Tolima, en una familia de 11 hermanos– hace el mismo recorrido que ese 26 de enero. Señala el lugar donde cayó. Se desplaza en un bote que pertenece al Instituto de Inmunología de Colombia –que él creó– y lleva salvavidas.

En medio de la oscuridad enumera, sin el menor esfuerzo, cada una de las islas que ha visto formarse a lo largo de 33 años en el trapecio amazónico, justo donde se unen Brasil, Perú y Colombia. Esos mismos años son los que lleva trabajando en un método para hacer vacunas sintéticas, pero, sobre todo, en la de la malaria, por lo que ha ganado casi todos los premios que un científico pueda recibir.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

Lo cierto es que no ha pasado nada que lamentar desde ese 26 de enero. Nadie se ha muerto por efectos de su vacuna. Sin embargo, Patarroyo ha tenido que armarse de una fuerte coraza para soportar las críticas de la comunidad científica, los reclamos por el presupuesto que ha recibido del Gobierno colombiano para sus investigaciones y, ahora último, las demandas de quienes lo consideran un traficante de especies por experimentar con micos.

El Amazonas parece ser el mejor lugar para hablar de ese pasado, pero también del presente y de lo que vendrá, ahora sí, cuando empiece a aplicar en humanos su nueva vacuna, que según promete, tendrá una eficacia del 90 por ciento. Pero el científico tiene más sorpresas para los colombianos, porque en la próxima edición de la revista Chemical Reviews, que sale a la venta en los próximos días, y que es considerada la número uno del mundo en su género, aparecerá un extenso artículo escrito por él, por su hijo Manuel Alfonso y Adriana Bermúdez, donde explican el método que han diseñado para fabricar vacunas sintéticas –y entiéndase bien, cualquier vacuna–, algo que sucede por primera vez en la historia. Esta revista es el órgano oficial de la Asociación Americana de Químicos y que publiquen el trabajo de Patarroyo significa que avalan lo que está haciendo, diciendo y escribiendo.

Patarroyo está emocionado y es evidente que siente una especial fascinación por el río, por eso lo llama su ‘soria moria’ que en noruego quiere decir ‘el castillo de mis sueños encantados’. Y es que, además del río y la selva, en el Amazonas están los micos aotus, los únicos de su especie que son nocturnos. Sin ellos –dice– nada de lo que ha pasado con la vacuna contra la malaria hubiera sucedido. Ni lo que ocurrió hace 25 años, cuando fabricó la primera, ni lo que ha logrado hasta ahora, que es pasar de un 50 por ciento de eficacia a más del 90.

Aquí, en medio del río, han sucedido gran parte de las cosas que hoy lo tienen a punto de “alcanzar el límite”, como decía su amigo, el pintor Alejandro Obregón. “Yo sí quería llegar al límite y por eso he pasado todos estos años en silencio. Uno tiene que saber cuál es su límite y llegar hasta allá. La nueva vacuna está hecha desde el 2001, pero quería descubrir la metodología para hacerlas”. Y en eso está. Con frecuencia recuerda lo que un día le dijo Fernando Botero: “lo tuyo es más grande que lo mío, porque es para ayudar a la humanidad y va a salvar millones de vidas humanas”.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

El camino ha sido largo y en el Amazonas están guardados los momentos de mayor euforia. En su laboratorio, a dos cuadras del puerto de Leticia, en un galpón que le expropiaron al papá de un narcotraficante y que Patarroyo convirtió en una moderna estación para micos, fue donde se enteró de que había descubierto la vacuna.

Unos meses atrás, en octubre de 1985, llevó a sus colaboradores al Amazonas, y en medio de un partido de fútbol, en una de las playas del río, Patarroyo le dijo a Carlos Parra –hoy profesor de la Universidad Nacional– que estaba a punto de darse por vencido. Ya casi completaba seis años de fracasos. Pero fue ahí, en esa playa, que a Parra se le ocurrió un nuevo experimento, “un chispazo”. A las dos semanas de haber aplicado la prueba, descubrió que algunos de los micos no mostraban ni un solo parásito en la sangre. ¡Bingo! Y todo, gracias a la molécula que habían diseñado luego del partido de fútbol.

Eran las 6 de la tarde de ese 26 de enero y el científico estaba en Leticia. Analizaron los resultados una y otra vez, hasta que no quedó duda: Patarroyo y su grupo habían desarrollado la primera vacuna químicamente producida y la primera contra la malaria. Sabían que estaba incompleta, porque solo les sirvió al 30 por ciento de los micos, pero no importaba, era la primera.

El ‘Waterloo’ de las vacunas

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

En Leticia, cuando Patarroyo no está en su laboratorio, ni en el río ni en la selva liberando a los micos que utiliza en sus experimentos, la gente lo ve desplazarse en una pequeña moto roja. Su laboratorio queda a tres cuadras de la frontera con Brasil, en pleno centro de Leticia. Acá todos saben quién es Manuel Elkin Patarroyo y todos quieren saludarlo. ‘¡Doctor Patarroyo!’. Y a una cuadra más allá: ‘¡Doctor Patarroyo!’.

Allí también saben lo que significan los micos aotus para el científico y repiten una frase que es común en Patarroyo: “el mico es el protagonista de todo”, primero porque desarrolla la malaria humana y, segundo, porque los genes de defensa de este primate son idénticos a los del humano y por eso sirve para estudiar las vacunas.

Patarroyo comenzó a trabajar en malaria en enero de 1980, pero venía con la idea de las vacunas químicamente hechas desde febrero de 1978. En 1980, uno de sus maestros lo invitó a San Diego, California, donde se encontró con el Director del Departamento de Microbiología de Estocolmo, quien le propuso trabajar en malaria. “Yo no tenía idea de malaria. Ni de la magnitud de esta enfermedad que es el mayor problema de salud pública del mundo”. En 1982 lo invitaron a la entrega de los premios Nobel, justo cuando Gabo se lo ganó, con la condición de que mostrara algún resultado en malaria.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

De nuevo se llenó de pánico. Envió a dos de sus colaboradores a Villavicencio para que tomaran muestras de sangre a personas infectadas y en menos de una semana pudo solucionar uno de los grandes problemas que había en ese momento con la malaria: aislar el parásito de los glóbulos rojos que estaban sanos. “Ese ha sido uno de los destellos brillantes que he tenido a lo largo de estos años, y por culpa del pánico”. Se ríe cuando recuerda que en Estocolmo la conferencia fue un desastre porque él mismo no entendía las repercusiones de su hallazgo. Sus pares lo felicitaron, pero tuvieron que darle las explicaciones del caso.

Cuestión del destino

Al año siguiente, en 1983, resultó en Leticia por una cuestión del destino. Iba para Montería y en el aeropuerto se encontró con el Director del Hospital de Leticia a quien le contó que trabajaba en malaria y que necesitaba los aotus. Ahí se enteró que estos micos están en el Amazonas y que habitan desde Panamá hasta el norte de Bolivia. Por eso, de inmediato, viajó a Leticia. La noticia de su llegada se regó como pólvora y también a lo que iba. El problema, entonces, fue que le empezaron a llevar micos de todas las especies.

Patarroyo decidió irse a vivir en jornadas de tres meses a la selva amazónica para mostrarles a los indígenas cuál era el mico que necesitaba. Duró casi un año viviendo con los indígenas ticunas, cocamas, huitotos, letuamas, boras y mirañas. Tuvo que dormir sobre una estera, aprender a cazar para poder comer, salir a capturar los micos, acostumbrarse a los mosquitos y a los hábitos de los aotus, porque cazarlos es muy difícil. Hecha la tarea con los indígenas, todo empezó a marchar en su laboratorio.

Para cazarlos, los indígenas marcan los árboles donde están sus guaridas –en las copas, dentro de los troncos– y luego, en el día, cuando saben que duermen, tapan las bocas de las cuevas y solo dejan abierta una, por donde atrapan a los que quieren escapar. Por esto y porque se temía por el destino de los micos, los ambientalistas pusieron el grito en el cielo. Ha sido tanta la presión que el científico ha recibido, que hoy sigue al pie de la letra un estricto protocolo para controlar a las personas que capturan el mico, las condiciones en que entran a su laboratorio y en las que salen luego de haber recibido su vacuna. Solo recibe animales a cazadores registrados en la Corporación para el Desarrollo Sostenible para el sur de la Amazonia (Corpoamazonia), y este año tiene permiso para capturar 800 de estos primates.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

Patarroyo ama a sus micos, pero defender los experimentos le ha causado enormes dolores de cabeza. Lo han acusado de capturar 4 mil aotus al año, una cifra –que  dice– sería inmanejable. También de tráfico de especies por capturar micos en Brasil y Perú, por lo que fue demandado. “Todavía tengo cinco procesos internacionales, he respondido a dos y he sido eximido de los cargos. Pero todo esto retrasó cuatro años las investigaciones y me cerraron la estación durante un año y medio”.

La liberación

Los micos de Patarroyo están en medio de un jardín que cualquiera envidiaría y que el científico ha cuidado como uno de sus grandes tesoros. Allí, en habitaciones divididas y en jaulas individuales, están los aotus. El lugar es blanco y muy aseado. Cuando llegan son valorados, purgados y los mantienen en cuarentena de 20 a 30 días. Luego los vacunan. Les dan dos o tres dosis, cada 20 días para, finalmente, aplicarles el parásito de la malaria. Lo que se estudia es si la enfermedad aparece. O, dicho de otro modo, qué tan efectiva es la vacuna diseñada por el científico y sus investigadores. Cuando el experimento termina los micos entran de nuevo en cuarentena y son liberados cerca del lugar donde los capturaron. En el día hacen silencio y en la noche, empieza la algarabía por sus aullidos.

Patarroyo dice que no pasan más de cuatro meses en esta estación, y que desde el instante en que llegan y hasta el momento en que los primates salen de su laboratorio, menos del 5 por ciento ha muerto.

Amanece, es el día de la liberación. Patarroyo está levantado desde las 3 de la mañana. Un viejo hábito. Esta vez, encabezará la liberación de 40 micos que volverán a su hábitat en el lago Tarapoto y en Macedonia, a 110 kilómetros río arriba de Leticia. A la entrada del laboratorio está un Comité de Ética que se encarga de vigilar todo el proceso. Hay un representante del ICA, de la Sociedad Protectora de Animales y de Corpoamazonia. Comprueban en planillas el número de registro de cada primate, su condición física y los organizan en costales con orificios para que puedan respirar.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

Entrar a la selva no es fácil. En Macedonia, el barco se arrima a la orilla y hay que caminar cerca de un kilómetro hasta llegar al lugar indicado. El grupo de liberadores sigue las coordenadas de un GPS. Patarroyo demuestra que sabe cómo moverse entre la espesa vegetación. Los verificadores hacen su trabajo. Sacan los micos uno por uno, chillan, quieren morder con sus finísimos dientes. Luego, todo termina muy rápido. Apenas tocan los árboles, emprenden la huida. El mismo Patarroyo los libera. Y ahora tiene una sonrisa de lado a lado. La razón salta a la vista, se trata de la vacuna. “La clave fue tener los micos, por ellos es que hoy estamos por encima del 90 por ciento de efectividad”.

Y en humanos…

Esa es la prueba de oro. Y, con seguridad, esta vez la angustia será menor. Hace 25 años, Patarroyo vomitaba todas las noches de la angustia, cuando acababa una jornada de vacunación, por el miedo que le producía pensar en la posibilidad de hacerles daño a sus pacientes. “No era poca cosa: era la primera vez que se aplicaba una vacuna químicamente hecha a seres humanos”.

La primera vez fue en 1987 y se la aplicó a soldados en Bogotá. Se lo consultó al ministro de Salud de la época, José Granados, y formaron un Comité de Ética. El Gobierno exigió que todos los soldados fueran bachilleres y que firmaran el consentimiento, incluidos sus papás. Once fueron los elegidos. Lo que pasó, fue lo siguiente: a la mitad les dio paludismo y a la otra, no. Igual que a los micos. En el fondo, Patarroyo les tenía pánico a los números. “Pensaba: no pasó nada en 11 y ahora, ¿qué va a pasar en mil, en 10 mil? Cuando vas escalonando es que te vomitas de la angustia”.

Manuel Elkin Patarroyo / Fotografía: Ricardo Pinzón © Revista GENTE Colombia

Luego vacunó a 32 personas, todas del Instituto de Inmunología de Colombia –él y sus hijos estaban en la lista–, después a 500, a 2.500. El escándalo no se hizo esperar en la comunidad científica, entre otras cosas porque Patarroyo era un desconocido en el mundo de la malaria. En Estados Unidos lo tildaron de ser ‘un palo’ y, desde entonces, los escándalos han venido uno tras otro. “Yo no era nadie en el campo de la malaria y me llevé el Cáliz Sagrado. Me lo llevé para siempre”.

Vacunó a 25 mil personas en Tumaco y la capacidad de protección fue del 40 por ciento. Luego la aplicaron los venezolanos con un 55 por ciento, y  los brasileños, con el 29. ¿La razón? “Son poblaciones distintas”, dice. Por último, vacunó en África, donde los resultados fueron entre el 31 y 25 por ciento.

La Organización Mundial de la Salud reconoció la vacuna en junio de 1994 y el ejército de los Estados Unidos también quiso utilizarla. “Ellos mismos la hicieron, pero les quedó mal sintetizada y cuando la ensayaron en Tailandia les funcionó solo el 12 por ciento”. Los estadounidenses publicaron los resultados reconociendo que la de Patarroyo era más efectiva. Sin embargo, volvió el escándalo, pero el científico colombiano se sostuvo en que su vacuna protegía de un 30 a un 50 por ciento.

De ese rango, no ha salido hasta ahora. En el 94 dejó de vacunar a humanos, archivó la vacuna y se dedicó, con su equipo, a buscar lo que hacía falta, que no era otra cosa que el método para hacer vacunas. Siguió con sus micos en Leticia, donde probó todas las mezclas posibles. “La ventaja es que nosotros fabricamos las moléculas y aquí en Leticia tengo dónde ensayarlas, por eso la llamo el ‘Waterloo de las vacunas’, porque aquí funcionan o fracasan”. A partir del 2001, poco a poco, el camino se ha ido despejando.

“Estoy cerrando el ciclo. Me siento pleno, satisfecho. Me puedo morir tranquilo porque le di un sentido a mi vida y fue útil. Todo el mundo me pregunta: ‘Patarroyo, ¿usted quiere ganarse el Nobel?’. Y, la verdad, que no. La cuestión es que resolví el problema, ayudé a millones de personas, y no me importa el resto”. Lo dice en medio de su ‘soria moria’, luego de darse un chapuzón en el río. Y agrega: “todo el mundo me encasilló. Patarroyo va muchísimo más allá de la malaria. Patarroyo es vacunas y punto”.

Al terminar el domingo, de regreso a Leticia, viene un último recuerdo de cómo empezó todo. Tenía 9 años cuando le regalaron un cómic que se llamaba ‘Louis Pasteur, descubridor de vacunas, benefactor de la humanidad’. Desde entonces, no ha querido hacer nada distinto.

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