La peligrosa ruta del contrabando

Varios  cibernautas que vieron las fotos de este artículo en Facebook nos pidieron que  subiéramos la versión completa de  este reportaje de GENTE que revela el incombustible flujo del contrabando de gasolina en la frontera de Colombia y Venezuela. Todo el documento está aquí. (Texto publicado en la edición de Septiembre de 2009)

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Por Diana María Pachón / Especial para GENTE

Como una ráfaga cruzan dos patrullas de la policía de aduanas al lado de la caravana de pimpineros. Son siete carros atestados de gasolina que recorren endiabladamente las trochas que unen a la alta Guajira con Venezuela. El conductor del Renault 18 que nos transporta acelera aún más. El velocímetro dañado está en ceros, pero Jeferson, el hombre del volante, nos dice que vamos a unos 160 kilómetros por hora. Entre la fila de carros ocupamos el segundo puesto. El que está frente a nosotros es otro Renault de color crema con la placa oculta bajo una maleta atada al baúl.

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

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Otra patrulla se aproxima. Al pasar frente a nosotros un policía parado en el platón de la patrulla lanza un objeto. Suena un estallido. El conductor suelta una mano del volante para cubrirse el rostro. El panorámico explota, se forma un boquete de veinte centímetros de diámetro. Sin bajar la velocidad Jeferson toma el volante con las dos manos. La presión del aire hace que el vidrio cuarteado se reviente frente a nosotros y las esquirlas, como agujas, se clavan en el rostro, en los brazos, en el pecho. Estamos sangrando. Sin panorámico y a esa velocidad, es difícil respirar. De cualquier manera, nada detuvo al carro y Jeferson sonríe con evidente satisfacción porque logró “coronar” con su carga de gasolina. En esta región del país hay más gasolina que agua. Muchas de las casas de Uribia, Cuestecita, San Juan, Villanueva, Fonseca, Barrancas y Albania son bodegas donde llega el combustible. Desde La Paz, en Cesar, hasta más allá de Maicao, en La Guajira, los contrabandistas venden a 3.500 pesos el galón. En el centro de país se vende por encima de los 7.000 pesos. El líquido dorado como la cerveza se exhibe en recipientes plásticos sobre tablones de madera al lado de panelitas, cocadas o gaseosas.

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

El día anterior habíamos arribado a Valledupar. En una de las centenares de bombas improvisadas que hay en la carretera conocimos al ‘Cachaco’, un hombre con cara de roedor que sostiene una manguera plástica para llenar los tanques. Al lado de él está sentado en una butaca un moreno de labios gruesos. Es Jeferson. Después de presentarnos como periodistas de GENTE les decimos que estamos interesados en mirar cómo está la situación tras el anuncio del presidente Chávez de cortar el suministro de gasolina de Venezuela a Colombia en represalia por la instalación en el país de lo que él llama “siete bases militares de Estados Unidos”. “Pues la diferencia es que ahora toca trabajar más”, dicen con ironía. Pasado el medio día acordamos encontrarnos en Villanueva para ir a Uribia donde consiguen el combustible.

Allí está la casa del ‘Cachaco’. Es un reguero de llantas y pimpinas vacías. No hay mesas, sólo una mecedora de mimbre, un ventilador y la silla trasera de su Renault arrumada en una esquina. Para poder meter las pimpinas, en promedio 50 en cada carro, los contrabandistas convierten sus vehículos en un cascarón quitando las alfombras y las sillas traseras. Los vidrios son forrados con una capa negra para que los policías no vean la gasolina desde afuera. Casi todos los carros de pimpineros son Renault 18. Cada uno lo consiguen en 4 millones de pesos aproximadamente. Naturalmente también comprados en Venezuela y traídos igual por la ruta del contrabando.

Fuego en el vecindario

De uno de los cuartos sale ‘Guacabó’, un gigante de casi dos metros de alto con un tatuaje en su brazo izquierdo. Mientras ‘Guacabó’ se viste en un cuarto, el ‘Cachaco’ y su hijo de 20 años, apilan los recipientes plásticos en el Renault con habilidad. No hay ni un centímetro vacío en la parte trasera del carro. Cada pimpina es comprada en 12.500 pesos para ser vendida en las carreteras a 21.000 cada una. Casi una ganancia del ciento por ciento.

A esa hora salen de un jardín infantil ubicado al lado de la casa una docena de niños que se tapan la nariz para no aspirar el olor de los residuos de gasolina. Del televisor de un billar suena la voz exaltada del presidente Hugo Chávez advirtiendo que el comercio con Colombia se reducirá a cero. Las palabras del mandatario venezolano se las lleva el viento mientras los pimpineros continúan su jornada. Ahora, saben, tendrán más trabajo.

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

A las cinco de la tarde viajamos rumbo a Uribia. ‘Guacabó’ conduce sin parpadear. Solo se escucha el ronronear del motor. Al otro costado de la vía pasan a toda velocidad más de 50 carros de los ‘Pacíficos’, es decir, una caravana de pimpineros de La Paz. Por donde se mire marchan filas de contrabandistas. Sin embargo, ellos tienen las caravanas más organizadas de toda la región. Después de tres horas llegamos a Cuestecita. Todavía es territorio colombiano.

Afuera del asadero un tumulto de gente corre por las calles siguiendo a un hombre con un extintor en la mano. No es bombero. Salimos siguiendo la marcha que se dirige a una nube de humo. Una mujer grita que un carro se incendió. Un señor asegura que la policía le prendió fuego y otro más que los de la aduana le botaron un gas lacrimógeno. Bajo una llamarada de cinco pisos se ve el marco de un Renault 18 y detrás una casa de ladrillo blanco. El fuego consume 50 pimpinas de gasolina equivalentes a 360 galones.

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

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Según varios testigos agolpados frente al carro, el conductor fue alcanzado por la policía que lo golpeó. Herido y con todas sus 50 pimpinas de gasolina en llamas fue trasladado al hospital de Riohacha. “Esos tombos nos quieren matar”, dice un gasolinero. Hace 20 días la Personería Municipal de Albania recibió una queja en contra de un capitán de apellido Bochica acusado de dispararle a Fernando Fernández durante una manifestación. La Guajira es una guerra entre la legalidad y la ilegalidad.

Nosotros nos persignamos y continuamos nuestro camino hacia Uribia. Vamos en una caravana de 10 carros. Unos kilómetros más adelante dos jóvenes en un Mazda se encargan de vigilar la vía y de sobornar a los policías con 5 mil o 10 mil pesos dependiendo del rango. Si no aceptan el soborno los jóvenes avisan por celular a los gasolineros para que no avancen. Los encargados de esta labor son conocidos como ‘las Moscas’.

Al llegar a Uribia, capital indígena de La Guajira, los wayúu parecen fantasmas con sus mantas blancas. Es casi la media noche y como la mayoría de los pueblos de La Guajira huele a gasolina. De una casa de bahareque sale un wayúu vestido con bluyín y cachucha para abrir la puerta del patio donde guarda las pipas de gasolina. “Vendo a 125.000 pesos la pipa. No doy rebajas”. Guiados por ‘Guacabó’ y el ‘Cachaco’, Jeferson estaciona detrás de un camión que contiene más de una docena de pipas. En la jerga del contrabando una pipa contiene 10 pimpinas. Los contrabandistas de Uribia consiguen la pipa en 30.000 pesos en Maracaibo. Diariamente el indígena wayúu dueño del patio invierte 600.000 pesos en 20 pipas y paga en sobornos a los policías venezolanos entre uno y dos millones de pesos en cada recorrido. En Venezuela valen más los sobornos que el combustible.

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Fotografía Julián Lineros © Revista GENTE

Alumbrados por un bombillo que emite una luz amarilla los pimpineros descargan los recipientes plásticos para llenarlos de combustible. Regresamos a Cuestecita. De un solar sale un camión cargado con canecas vacías hacia la frontera con Venezuela. Afuera del vehículo la temperatura es de 40 grados. Hace más de medio siglo en un camión similar, el juglar Rafael Escalona cruzaba la frontera entrando cerdos de contrabando. Él decía que el contrabando estaba protegido y ‘legalizado’ por algo más poderoso que la ley: la fuerza de la costumbre.

En Maicao abandonamos la vía principal que conduce a Paraguachón y tomamos una trocha gredosa y amarilla. En la vía vemos camiones de gallinas que se asan vivas por el calor y cuatro más cargados de reses que sacan la cabeza por los tablones de madera. Pasan otros cargados de granos, legumbres y cemento. Todos los vehículos que transitan son de mercancía ilegal. Lo único legal que cruza son dos tanques del Ejército.

Con las nalgas adoloridas por los movimientos del camión llegamos a Monte Lara, la Meca de la gasolina. En un solar tres veces más grande que el de Uribia frena el camión. Monte Lara es el último corregimiento de Colombia en esta parte de la frontera. A cinco kilómetros hay un caserío wayúu llamado Valle Verde perteneciente a Venezuela. Esta región es tierra de nadie. Es un punto sin nombre en el mapa, una tierra olvidada a merced del contrabando. En el solar hay centenares de pipas ordenadas en fila bajo los árboles. En la esquina se levanta una vetusta oficina en donde pasa el día Jesús González, el dueño del predio y de la gasolina. Cuenta bolívares y marca cifras en su calculadora. Jesús compra cada pipa en 115.000 pesos y la vende en 120.000.  Diariamente vende en promedio ochocientas canecas generando utilidades de 4 millones de pesos, es decir, que en un mes se gana más de 100 millones de pesos.

Ever, el conductor con el que llegamos nos llama desde la distancia para que volvamos al camión. Las canecas llenas son amarradas a las estacas del planchón para que no se caigan en la carretera. Dentro de la cabina nos dice que el dueño es un millonario que le gusta vivir como pobre. Estamos en Venezuela y ahora vamos de vuelta a Colombia.

Es de noche y la trocha accidentada es alumbrada por los faros del camión que brinca haciéndonos golpear la cabeza contra el techo. El ayudante que está sobre las pipas le pide cada cinco minutos al conductor que frene para poder orinar. Ever le dice que “no joda más, que se orine sobre la gasolina”. De pronto nos encontramos con una cinta que cruza de lado a lado el camino. El camión se detiene y dos niños vestidos con mantas wayúu estiran la mano. Ever les entrega un billete doblado de mil pesos y los pequeños quitan la cinta para que podamos pasar. En la vía hay dos retenes de los indígenas wayúu. Los contrabandistas pagan sin problema porque los indígenas ayudan a desenterrar los carros en el invierno y refugian a los ilegales en caso de persecusión policial.

Al salir de la trocha en el corregimiento de Carraipía ya no es una cinta la que cruza el camino ni son niños los que custodian, ahora es un tubo metálico vigilado por cinco soldados. “¿Qué lleva atrás?” –pregunta uno de ellos–. Sin responder, el conductor saca la mano por la ventana con un billete de 5 mil pesos. El uniformado lo mira frunciendo el ceño y Ever acelera para que no alcance a quejarse del mísero pago. “Si uno quiere sobrevivir en La Guajira hay que ser político o contrabandista”, dice sin dejar de ver la vía que durante 10 años ha recorrido. Acelera y abre los ojos a pesar del inmenso cansancio. Razón tenía Escalona recordando sus andanzas: “Ir en esos tiempos a Venezuela llevando contrabando no era soplar y hacer botellas. Había que tener los riñones en su sitio y los pantalones bien amarrados”.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “La peligrosa ruta del contrabando

  1. Jairo Jiménez González

    Quien no haya viajado a la Guajira COLOMBIANA,no puede dimensionar la cantidad de POBREZA en los poblados y rancherias.El indigena wayuu por siglos sobrevivio y sobrevive con lo que la naturaleza arida y agreste medio le permite subsistir.El contrabando es el mayor generador de recursos para sus pobladores.Las regalias carboniferas y de gas no se ven reflejadas en el entorno y modus vivendi de los nativos Guajiros.Unas relaciones cordiales entre nuestros presidentes generarian una legalización que fuese un GANA-GANA al estado y pobladores.Un mercado legal binacional genero en el pasado reciente intercambios por mas de 8 mil millones de dolares.Si le sumaramos los dineros ilegales del contrabando generando beneficios sin desgastar fuerza pública atentando contra la poblacion infragante.

  2. Exagera cuando se refiere a las ganacias exorvitantes en Monte Lara y no hace mension a la participacion econonica que resive la Policia y la DIAN al permitir el trafico del conbustible, son ellos los que en ultimas se llevan las ganacias de este negocio al hacerse los de la vista gorda (gasolina paso poe aqui….. cate que yo no la vi……)

  3. si , las gananciasse se quedan con la dian desde cuestecita hasta la paz por un millon cien de pesos por cada camion, hagan cue ntas cuanto se estan ganando, alos que invertimos no nos queda sino elcansancio y miserias para sobrevivir atte la gaitana

  4. juan pablo

    el gobierno aprieta y sus parasitos (policias dian y ejercito) se nriquecen a costillas de quienes se exponen y de quienes nesecitan trabajar .

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