Mario Vargas Llosa en GENTE

El premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, viajó a la República Democrática del Congo en compañía de los españoles Francisco Javier Sancho Más (periodista) y Juan Carlos Tomasi (fotógrafo) para tomar nota de las atrocidades que dejó el colonialismo en ese país africano. Revista GENTE Colombia publica, en exclusiva para nuestro país, el drama palpado por el escritor peruano, el que le sivió de inspiración para su libro más reciente: El sueño del celta (artículo publicado en la edición impresa de noviembre de 2010).

Mario Vargas Llosa / Fotografía: Juan Carlos Tomasi / Congo, Africa

Por Francisco Javier Sancho Más / Especial para GENTE / Congo

Lo hace siempre y en cualquier lugar: sobre tumbas de viejos cementerios, o bajo árboles enormes en cuyos troncos huecos durmieron aventureros del siglo XIX. En una lancha, que navega el Congo río arriba, o sentado en alguna de sus orillas. En una estación de tren por la que no ha pasado un ferrocarril en años. En bibliotecas vacías. Bajo el armazón de casas coloniales del tiempo de los belgas. De día o de noche. En lugares así, un señor alto, de sonrisa diáfana y maneras elegantes, con sombrero verde oliva, ‘Monsieur Mario’, le llaman aquí a Vargas Llosa, escribe.

Y escribe con una caligrafía cuidada en una pequeña libreta que él ha traído como único equipaje de mano junto a un libro sobre el Congo, a donde hemos venido para hacer una investigación de un reportaje que después se convertiría en una extraordinaria novela: ‘El sueño del celta’. Sin embargo, ‘Monsieur Mario’, en este país, es un perfecto desconocido. Un blanco más, o “¡un chino!” como gritan los niños congoleses señalando con el dedo a quienes no son de color negro, sin distinguir asiáticos de europeos o de estadounidenses (los chinos ahora son “los nuevos colonizadores de África”). “¡Y que a estas alturas me llamen igual que a Fujimori en mi país!”, ironiza Vargas Llosa. Él de manera espontánea celebra su apunte y suelta una carcajada.

Pero más sorprendente aún es que casi nadie conoce al personaje tras el que Vargas Llosa ha venido hasta aquí, “un tipo”, explica a cada uno de los congoleses con los que se entrevista “que se llamaba Roger Casement, que fue cónsul británico en el Congo de principios del siglo XX, y que denunció las atrocidades que el monarca belga Leopoldo II cometió en este país que entonces era su propiedad privada (solo entre 1885 y 1908 se calcula que murieron al menos 6 millones de congoleses a causa de la explotación cauchera de Leopoldo, la misma cifra que se estima de judíos caídos por la barbarie nazi).

Mario Vargas Llosa en el Congo / Fotografía: Juan Carlos Tomasi

Hasta ahora el mundo poco interés tenía en esta historia. En cambio, a este escritor nacido hace 74 años en la distante Arequipa (Perú) le llamó poderosamente la atención. Entre otras cosas, el novelista quería reinvindicar a uno de los pocos seres humanos que hizo algo bueno por el Congo en esos tiempos oscuros. Sí, Casement, que fue amigo de Joseph Conrad, el autor de El corazón de las tinieblas. Y al que luego enviaron al departamento del Putumayo, en el sur de Colombia, desde donde denunció, como ya había hecho en África, a las empresas caucheras que oprimían a las comunidades indígenas del Perú y de Colombia. Casement, que acabó en prisión por unirse al nacionalismo irlandés y fue condenado a muerte por el mismo imperio al que había servido como cónsul. Casement, el que describió en sus diarios experiencias homosexuales con un lenguaje extremadamente vulgar, de las que no se sabe si fueron ciertas o inventadas.

A pesar de su gesta, nadie lo recuerda. Vargas Llosa anota su primera gran sorpresa. Los congoleses con los que se cruza le hablan de Leopoldo II, de Henry. M. Stanley, de la colonia belga, de todos aquellos que alguna vez hicieron un tremendo daño. Pero…“¿Casement? ¿Un tipo que hizo algo bueno por aquí?”. No. Será un fantasma.

Vargas Llosa toma su libreta, se pone en cunclillas y escribe. Así ha sido siempre en este viaje. En la primera semana ocurrió un hecho en Matadi, oeste del Congo, que muestra cómo su pasión por escribir es inalterable. Frente a una comisaría, nuestro fotógrafo, Juan Carlos Tomasi, es detenido: discusiones, gritos con la policía. No se pueden fotografiar edificios públicos. Más gritos. Apoyado en una pared, ajeno, absorto, o quizá metido de lleno, escribe. El fotógrafo es liberado. Cierra la libreta, y le saluda: “¿Te soltaron, viejo?”. Y luego, como si nada hubiera pasado, empieza a escribir de nuevo. Y cuando no escribe, disfruta preguntando sobre todo lo que ve, o lo que imagina que ve, con su habitual “y dime una cosa…”.

Mario Vargas Llosa / Fotografía: Juan Carlos Tomasi / Congo, Africa

En la carretera, la única asfaltada de esta parte del país, y la más peligrosa, entre la capital, Kinshasa, y Matadi, contamos kilómetros por accidentes, hasta que nos toca el nuestro. El vehículo de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el que vamos se estrella contra una montaña. Vargas Llosa va en el asiento delantero. Segundos, minutos antes, nos iba contando historias: de la madre del Che Guevara que alojó una vez en su casa de París; y de Pablo Neruda, y de Gabriel García Márquez (pero no, no nos contó lo del puñetazo); recitaba de memoria el inicio de una novela de André Malraux, o de un cuento de Jorge Luis Borges (ese trecho de viaje duraba 10 horas sin más comida que platanitos fritos y agua, deteniéndonos solo para orinar, así que imaginen lo que pudimos y quisimos exprimir de la memoria de Vargas Llosa, sentado siempre adelante, sombrero en mano y contando, contando, contando). El percance ocurrió justo cuando relataba la fabulosa historia de la detención de la plana mayor de Sendero Luminoso en una academia de danza de Lima. Entonces, el vehículo nos lanzó contra la montaña. Por suerte, el viejo Toyota resistió el golpe y salimos ilesos. “Ya no se hacen coches así de fuertes”, comentamos. Mientras esperábamos que el chofer arreglara algunos desperfectos, Vargas Llosa se mostró tranquilo, se puso de nuevo el sombrero y caminó mientras siguió contando la historia. Es un narrador oral tan extraordinario como cuando lo hace con sus textos.

En el oeste del Congo, donde transcurrió nuestra primera semana tras las huellas de Casement, no hay grupos armados, pero sí la pobreza de todo el país y barrios humildes y desordenados. Salpican el paisaje las ruinas de casas coloniales con pilares y vigas de hierro construidas por los belgas. Caminamos por barrios empinados. Vargas Llosa, aquejado de un dolor agudo en el hombro del que habrían de operarle a la vuelta del viaje, y un poco de bronquitis, se detenía a ratos. Tomaba aire y volvía a escribir algo en su libreta. Y seguía caminando entre el griterío de los niños: “¡Ahí vienen los chinos!”. Salvo las ruinas de casas y cementerios, había muy poco de Casement. Sin embargo, se sintió tranquilo porque explicó que a él le bastaba familiarizarse con el ambiente en el que pudo haber vivido el protagonista de su historia. “Estar aquí me ahorra meses de trabajo en tratar de imaginarlo. Yo no he venido a este lado del Congo como historiador, sino como creador. Busco incitaciones a la imaginación”.

Mario Vargas Llosa / Fotografía: Juan Carlos Tomasi / Congo, Africa

Goma, capital de la región de los Kivus, frontera oriental del Congo, donde varios grupos armados combaten por el control de los yacimientos de coltán (los mayores del mundo; el mineral que se utiliza para la fabricación de teléfonos celulares o juegos de Nintendo). Allí empezó la segunda etapa del viaje. El novelista deja paso a su otro yo, el periodista, que iba a escribir el primer reportaje de la serie de El País Semanal y MSF. La historia de esta idea había surgido en Colombia, a raíz de un artículo de Martin Amis sobre la violencia en los barrios de algunas capitales del país latinoamericano que se publicó en el 2005 en el Sunday Times. La visión de un autor de ficción sobre una realidad difícil. Pensamos en invitar a una serie de escritores en español para llevarlos a contextos que sufrían de crisis humanitarias olvidadas. Vargas Llosa encabezó el proyecto y así fue como arribamos al Congo hace un poco más de un año.

En un momento, a primera hora de la mañana, el fotógrafo le ha dicho que vestido así como iba, con sombrero verde oliva y un chaleco de color caqui, “parece un mercenario” y le pueden disparar desde lejos. El fotógrafo habla así, sin pelos en la lengua. “Espero que tú dispares solo con la cámara, viejo”, contesta y ríe. Y se cambia de atuendo. Se pone el chaleco blanco de Médicos Sin Fronteras pero conserva el sombrero. Es lo único que lo protege del sol mientras escribe las historias de horror que empiezan a contarle los desplazados, los médicos que atienden a las mujeres violadas repetidamente, antes de ser expulsadas de sus aldeas por hombres armados y muchas veces bajo los efectos de las drogas. Pertenecen a todos los bandos: al ejército congolés, a las milicias de la etnia tutsi, o a la de los hutus que escaparon tras el genocidio de Ruanda a esta parte del Congo en 1994. Hombres que queman aldeas, que violan y matan. Fantasmas de carne y hueso que han quedado como recuerdo de todas las guerras que no han dejado un solo año de paz a esta población.

Es de noche. Uno de esos grupos armados, el de los tutsi, está a punto de tomar la ciudad, nos dicen. “Tienen que huir, llévense a Mario”. La frontera de Ruanda está cerca. Vargas Llosa sonríe como aceptando el destino. No sé si es del todo consciente del peligro que corremos. O simplemente confía en que todo salga bien. Mientras espera la evacuación, en su cuarto, consigue en la televisión la señal de CNN. Dan breves sobre el avance de los guerrilleros tutsi hacia la ciudad en la que nos encontramos. Vuelve a sonreír como primera respuesta al miedo y llama a mi cuarto: “¿Javier, tienes aún la botella de vino de los uruguayos? Sería buena idea bebérnosla antes de que nos saquen de aquí.” La noche anterior, un batallón de cascos azules uruguayos de la Misión de la ONU en el Congo, advertidos de la presencia de Vargas Llosa, nos habían invitado a una cena. Hubo de todo, hasta baile de La comparsita. ¡La comparsita en el Congo! Allí, una oficial se presentó muy solemne y le mostró un documento al que había titulado ‘Proyecto Pantaleón’. Se trataba de una iniciativa que pretendía reducir los casos de abusos sexuales por parte de las tropas de la ONU destinadas en misiones internacionales. El título y el proyecto se inspiraban en la novela Pantaleón y las visitadoras, una visión irónica y humorística de un servicio organizado de prostitutas para los soldados peruanos destinados al Amazonas y que después fue llevada al cine con Angie Cepeda como protagonista. El novelista no podía creerlo. Todo allí parecía inverosímil: o la ficción había invadido la realidad o viceversa. La noche siguiente, la realidad era inminente: estábamos a un paso de ser rehenes o nuevas víctimas de aquel conflicto.

Mario Vargas Llosa / Fotografía: Juan Carlos Tomasi / Congo, Africa

Al amanecer, cubiertos por una manta en el asiento trasero de un vehículo de MSF (porque la población local apedreaba al personal internacional con quienes vengaban la frustración de sentirse desprotegidos) los tres pudimos llegar hasta la frontera de Ruanda. Después tuvimos que cruzar a pie. Al otro lado nos esperaba un taxi que nos llevaría hacia Kigali, la capital. A escasos metros estábamos en otro mundo. En otra Ruanda, que después del genocidio se ha convertido en un país que avanza a pasos agigantados hacia el progreso. Allí tendríamos que esperar un par de días nuestro avión de regreso a Europa. Y otra vez, la libreta de Vargas Llosa hirviendo de notas. Pero ya no eran testimonios de gente viva, como la del otro lado de la frontera, en el Congo. Era la memoria aplastante que en Ruanda se respira. En los memoriales del genocidio cerca de Kigali, frente a las calaveras de niños con la hendidura de machete que aún mostraban hasta dónde llega la violencia y el horror (una matanza de 800.000 tutsi y hutus moderados que se perpetró en unos pocos días de 1994 por hutus convencidos de que tenían que exterminar a la etnia rival, que había ostentado el poder al servicio de los europeos durante mucho tiempo). Bajo el suave sol del “país de las mil colinas”, como llaman a Ruanda, y justifican sus montañas cubiertas de verde, Vargas Llosa escribía, no sobre Roger Casement, él no llegó hasta aquí, pero sí sobre el mismo horror que él vio en su tiempo. Escribía con una concentración admirable y sobre todo con una energía envidiable. No como el laureado escritor que es y que se acerca a los 75 años sino con la pasión de un recién graduado de periodismo en periodo de prueba y al que le van a  publicar su primer texto. Cita a su maestro, Flaubert: “Escribir es una manera de vivir”.

Vargas Llosa no necesitaba haber venido al interior de África para hacer su novela. “Pero es que, creánme, quiero ser un buen escritor”, nos dijo con sinceridad. No necesitaba acercarse tanto al miedo pero lo hizo porque sus compromisos son con el trabajo riguroso y con su oficio. Y todo sin ningún temor: “A mí la muerte me encontrará con la pluma en la mano”.

En el transcurso del viaje, Vargas Llosa también demostró dos cosas: que tiene buenos amigos a derecha e izquierda, y que se siente libre. Y cuando las discusiones no parecen llegar a buen puerto, él lo soluciona con una sonrisa que parece de verdad: “La ventaja de tener los dientes grandes”, confiesa.

Mario Vargas Llosa / Fotografía: Juan Carlos Tomasi / Congo, Africa

Antes de viajar al Congo, mientras cenábamos en Madrid, revisando las rutas del viaje, tuve un chispazo, o una intuición adelantada. Faltaban pocos días para que se anunciara el Nobel ese año, y ya teníamos los pasajes de avión reservados. “Si te dan el Nobel, no nos dejarás plantados, ¿verdad, Mario?”. Él sonrió con los dientes grandes y me dijo: “Tranquilo, ya he movido todos los hilos para garantizar que no me lo vayan a dar nunca. Mis opiniones políticas son incómodas para la Academia”. Se equivocó.

En Ruanda llegó un momento en que pidió que no visitáramos más memoriales del genocidio. Estaba saturado de desdicha. Y para ahuyentar la tristeza volvimos a lo nuestro: a las historias fabulosas de Borges, nuestro fantasma literario que siempre nos acompañó durante el viaje. Habló de su austero apartamento de Buenos Aires que visitó cuando él ya había publicado La ciudad y los perros y La casa verde, pero  Borges no había leído ni una sola de sus novelas. Y volvimos a brindar por la vida, y a apostar sobre lugares del mundo que albergan más bellezas. Éramos tres hombres que habíamos pasado miedo. Quiero decir que cuando hablábamos de bellezas, hablábamos de mujeres. Entonces, uno de los tres dijo que si hay un lugar por encima de todos, entre Colombia y Venezuela es donde están las más bellas del planeta. “Pero hay otro”, repliqué. Vargas Llosa preguntó cuál era. “Éste mismo”. Al lado de nosotros, una muchacha, probablemente tutsi, en la recepción de un hotel, recibía a los asistentes de un congreso. En aquel momento, los tres la observamos con felicidad y nos pareció la mujer más bella del mundo: “Es verdad”, dijo con los ojos abiertos y observándola con fascinación.

Cuando el avión de vuelta aterrizó en París, nos despedimos. Él se quedaba en Francia durante unos días. “Lo primero que voy a hacer es darme un baño de agua caliente; desayunar en una panadería en la que hacen los mejores croissant del mundo, y empezar a escribir el reportaje, y revisar las notas de la novela. Es mejor hacerlo en caliente”. Ya tenía la certeza de que ahora tenía material para un nuevo libro. Le pondría: ‘El sueño del celta’, el mismo que ahora cientos de miles compran en el mundo entero. La diferencia es que en la solapa dice: Premio Nobel de Literatura 2010.

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