Salir de casa y no volver / Reportaje

Salir de casa y no volver / Fotografía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

Cada día, un altísimo número de colombianos se levantan, salen de sus casas y no regresan. ¿Por qué se esfuman?  No existen razones para justificar su ausencia, no estaban amenazados, ni sus oficios los ponían en riesgo. GENTE muestra dramáticos casos de una tragedia silenciosa que no tiene una explicación lógica (artículo publicado en la edición de abril de 2011 de Revista GENTE Colombia)

Fotografia: Julián Lineros

En Colombia hay casas en donde el tiempo se congeló. El árbol de Navidad está sin desarmar, la cama está con el tendido de hace meses y hay un celular a la espera de una llamada que no llega. Son los hogares de los desaparecidos. Por culpa de la guerra, se cuentan por miles. La Fiscalía investiga 27 mil 300 casos en el país. Pero el Registro Nacional de Desaparecidos reporta, sin hacer discriminaciones, más de 45 mil y casi dos mil, son de personas que aparecieron muertas. ¿Por qué? Dónde está, por ejemplo, la niña que salió a comprar una golosina a la tienda y nunca más regresó? O, ¿la mamá de un niño de 8 años que se desplazaba en su carro? ¿Y la que salió a dar su último concierto? ¿Y el joven que se fue a celebrar el Año Nuevo pero no regresó?…

Para los familiares de estas personas, la vida es un permanente vía crucis. Han tenido que volverse, a la fuerza, una especie de investigadores natos, que a punto de la desesperación y de amor, piden a su Dios, cada noche, una pista, una llamada, una buena noticia. Y también buscan, por sus propios medios, las respuestas a la desaparición. Patricia Silvestre, hermana de Adriana, una de las personas que presentamos en este reportaje y que acaba de cumplir dos años desaparecida, dice que, sin pensarlo, escudriña a cada mujer que ve en la calle y que ya tiene la triste costumbre de mirar sobre sus hombros, porque cree que la están siguiendo. Tal vez sea Adriana o, tal vez, su victimario.

Estas son historias de aquellos que salen de casa sin problema alguno y no regresan. Algunos aparecen muertos, en condiciones que generan más preguntas que respuestas. Luego sus familiares se tienen que enfrentar a juicios tan duros como la popular sentencia: “por algo sería”. Abundan los casos en que, no hay razones, o, por lo menos, alguna que justificara la muerte. Las hipótesis abundan, pero las investigaciones son lentas y en la mayoría de los casos se cierran. El resultado, finalmente, sigue siendo la impunidad. Con los niños, las cifras también aterran. Según Medicina Legal, en Colombia hay cerca de 4 mil niños desaparecidos o secuestrados, sin contar a los menores que se llevan a la guerra. La búsqueda es desesperada en todos los rincones. ¿Dónde están? Es la pregunta. ¿Qué se hicieron estos seres anónimos y sin enemigos conocidos?

Las siguientes páginas son para llamar la atención de este hecho doloroso. A Sandra Viviana, defensora del medio ambiente; a Gloria, cantante de música popular; a Adriana, mamá de un niño de 8 años; a la pequeña Gina, que soñaba con ser modelo; a John Jaiver, un estudiante de décimo grado, y a Julio César, un feliz escalador, porque como decía el poeta antioqueño Manuel Mejía Vallejo: “uno se muere cuando lo olvidan”.

Sandra Viviana Cuéllar / Palmira, Valle del Cauca

Sandra Viviana Cuéllar. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

El último que la vio fue su hermano Diego. Caminó hasta la parada del bus y no regresó. Es ambientalista y bailarina de música folclórica. Solo han encontrado su celular y un morral

Poco a poco, en la plazoleta central de la sede de la Universidad Nacional, un grupo de estudiantes se organiza para protestar por la desaparición de Sandra. Una mujer lanza un grito de no al olvido y repite el nombre que se lee en decenas de carteles: Sandra Viviana Cuéllar. Todos responden: ¡presente!, ¡presente!, ¡presente!

Se cumplen 30 días de su desa-parición. Es 17 de marzo y su mamá, María Elena, está de cumpleaños. “Mal día”, dice. A su lado está Dúmar, el papá de Sandra, alzando una pancarta que muestra a su hija bailando y sonriendo. Ambos llevan una camiseta blanca donde se lee: “seguimos adelante”.

El día que desapareció, Sandra llevaba en su morral una muda de ropa porque esa noche se quedaría en Palmira, acompañando a varios estudiantes universitarios que tomarían una clase de cultura y medio ambiente. Era habitual verla apoyar este tipo de actividades. Era una ambientalista conocida en la ciudad. Hace tan solo tres años se había graduado como ingeniera ambiental y estaba entusiasmada. Acababa de regresar de recorrer otros países de Suramérica, donde –les dijo a muchos– encontró la paz espiritual que buscaba. “Los buenos tenemos que juntarnos”, decía.  El pasado 17 de febrero ella aprovechó para saludar a sus papás que viven sobre la vía que de Cali conduce a Palmira. Pero sólo encontró a su hermano, Diego. Él fue el último que la vio. Al salir, para cumplir su cita en la universidad a la 1 de la tarde, Sandra tuvo que caminar por una amplia avenida donde hay una terminal de buses, famosa por la escopolamina. Eso fue lo último que se supo. Desde entonces, no se tienen testimonios creíbles sobre el paradero de esta joven de 26 años. Solo aparecieron su celular y su morral.

Nunca dijo: “Me persiguen”. Jamás: “Tengo miedo”. Se desconoce lo que pudo pasarle a esta ambientalista que era conocida por defender causas como el referendo por el agua. Durante la marcha, María Elena no pudo contener las lágrimas. Muchos la abrazaron y ella se aferró a esos abrazos, tal vez esperando una respuesta.

Gloria Collazos / Yumbo, Valle del Cauca

Gloria Collazos. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

Laila, la segunda hija de Gloria, dice que su mamá nació para cantar. Y eso, quizá, fue lo último que hizo. El día que desapareció dijo que tenía una mala corazonada

En el barrio Dionisio, en medio de casas en obra negra, viven los tres hijos de Gloria Collazos. La puerta trasera de la casa da hacia una montaña donde la maleza hace de las suyas. Su cuarto sigue igual a como lo dejó el pasado 10 de marzo, el último día que Laila, su hija de 23 años, la vio con vida. “Sus cositas son pocas”, dice, mirando una habitación del tamaño de una cama doble. Sobre un espejo se lee el número 21.021 con el que su mamá participó en un concurso de televisión.

El viernes que desapareció, Gloria estaba nerviosa. Sería la primera vez, a sus 43 años, que le pagarían 120 mil pesos por cantar 12 canciones. Desde hace cinco años había descubierto que su vocación era cantar música popular y casi siempre lo hacía en la Casa de la Cultura de Yumbo, donde estudiaba técnica vocal. Ella misma se bautizó como ‘la estrella de la canción’ y mandó a timbrar tarjetas.

Y estaba nerviosa, además, porque le pidieron que cantara sola, y eso –le dijo a Laila–, le daba muy mala espina. Su presentación era a la 5 de la tarde, en Santa Inés, una vereda de Yumbo. Se vistió totalmente de negro y con botas vaqueras. Luego se supo, que cantaría para un grupo de la tercera edad. Ese día no volvió. El sábado tampoco, pero el domingo la alarma se prendió porque no contestó su celular. El martes, Laila denunció su desaparición y esa misma tarde, una llamada de la Sijín fue el comienzo de la tragedia para la familia Collazos.

A Gloria la encontraron tirada entre una zanja en la carretera que va de Yumbo a Cali con dos tiros en su cuerpo. Supieron que era ella por el delfín que tenía tatuado en el ombligo. Lo único que se recuperó fue un reloj embarrado. Y tampoco se sabe nada de lo que pasó. Laila dice que prefiere pensar que su mamá se despidió con sus canciones y así evitar recordar el ataúd, arrullado por el viento, cuando la velaron en el comedor de su casa.

Julio César Rodríguez / Nevado del Tolima

Julio César Rodríguez. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

Salió a escalar el Nevado del Tolima hace seis meses. Su familia lo buscó pensando que tal vez estaría herido, perdido, secuestrado o muerto. Hace unos días apareció en una cueva, congelado

La primera vez que a Julio César y a su hermano mayor, Juan Pablo, se les ocurrió subir al Nevado del Tolima a escalar, fue después de ver una foto de su mamá, Soledad, haciendo lo mismo. “Se veía tan contenta que ese mismo fin de semana fuimos a Ibagué y empezamos nuestra primera aventura”, cuenta Juan Pablo. Cuando llegaron a la cumbre, después de dos días de intensa caminata y alimentos enlatados, la inmensidad del volcán escarchado y el panorama de los otros nevados cercanos, los nubló de alegría.

Julio César estudiaba para ser electricista en el Sena y trabajaba medio tiempo en el café-internet de una amiga de la familia, quien –como él– es Testigo de Jehová. Se levantaba cada mañana y salía a predicar, trotaba por el barrio, desayunaba, iba a trabajar o a estudiar. Y cuando llegaba el fin de semana, se ponía las botas para ir a escalar.

Sin embargo, el 25 de septiembre de 2010, cuando acabó el fin de semana, Soledad lo esperó ansiosa, escuchando a medias las hipótesis de su otro hijo. “Debió quedarse en un rancho, donde no hay señal y el clima no lo ha dejado salir”, decía Juan Pablo. Pero Julio César no regresó y cuando llegó octubre, la familia denunció su desaparición en la Fiscalía. Fue la Defensa Civil quien emprendió la búsqueda del joven en medio del duro invierno que azotaba al país para esa época.

¿Se lo llevó la guerrilla que transita por el páramo del Nevado? ¿Se hirió o está perdido en un pueblo? ¿Murió? Esas preguntas solo las pudieron responder hasta el pasado domingo 13 de marzo, cuando un montañista que escalaba cerca de ‘El Oído’, una zona a 5.000 metros de altura y casi llegando al pico, encontró el cuerpo de Julio César en una cueva. Juan Pablo ya había subido a buscar a su hermano dos veces, siguiendo el rastro del morral que apareció en el camino. La Defensa Civil rescató el cadáver, y los familiares, que pagaron una mula para transportarlo, lloraron al encuentro. Julio no alcanzó a enamorarse, a graduarse, a envejecer. Tenía 22 años.

Adriana Silvestre / Occidente de Bogotá

Adriana Silvestre. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

Ya se cumplen dos años desde que salió de su apartamento y no volvió. María del Carmen, su mamá, anota diariamente las tareas que tiene que cumplir para que no se olviden de Adriana. Su hijo de 8 años también la espera

Patricia, la hermana mayor de Adriana Silvestre, carga un celular que solo timbra cuando quieren preguntar o dar información sobre su desaparición. Así que cada llamada que entra al número 300 252 11 99 tiene algo de esperanza y algo de miedo. El 5 de marzo se cumplieron 730 días desde que Adriana salió de su apartamento en el occidente de Bogotá y no regresó. Era Domingo de Ramos y el sábado almorzó con su mamá, con Patricia y su hijo de 6 años. Esta abogada de 35 años acababa de separarse de su esposo, pero la veían entusiasmada. Les decía: “hay una nueva vida para mí”. Además, estaba feliz con su trabajo en una constructora.

Ese domingo, Adriana salió en su carro y solo hasta el martes reportaron que un hombre en pantaloneta lo había dejado en un lavadero en Fontibón. Luego se supo que ella habló hacia el medio día con su ex esposo por celular y en la tarde llamó, alterada, a un amigo. Pronto descartaron un accidente y empezó la búsqueda. Patricia se ocupó de la denuncia en la Fiscalía porque María del Carmen, su mamá (en la foto), entró en shock. Rastrearon su cuenta de ahorros y supieron que había hecho un retiro en un centro comercial. Pidieron que se revisaran los videos y ahí estaba Adriana, sola, bajando del carro y hablando por celular. Es la última imagen que todos guardan.

Gustavo, su papá, la buscó en los caños, en el río Fucha, en los comedores donde asisten los habitantes de la calle. Hasta le pagó a un hombre para que recorriera la temida calle del Bronx, en Bogotá. Nada. El caso ha pasado por las manos de siete fiscales. Existe un retrato hablado del hombre que llevó el carro al lavadero, pero según la familia Silvestre, no se ha hecho público. Tampoco el celular ha sido efectivo. Han recibido llamadas de estafadores y brujos. Pero María del Carmen no se rinde. Dedica sus días a buscar a Adriana y muestra un cuaderno donde anota cada intento. Lo hace con un llanto ahogado. Ella quiere saber la verdad y que se haga justicia, porque al que desaparecen –dice– “quieren robarle la historia”.

Gina Manco / Engativá, Bogotá

Gina Manco. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

La noche del 21 de noviembre de 2010, Gina Marcela Manco Montoya salió de su casa a comprar una caja de chicles. Hoy, su mamá, Abigail, espera a que vuelva

El árbol de Navidad de los Montoya todavía está armado. En la esquina de su humilde sala, aguarda –sin cintas, ni bolas, ni collares brillantes que lo adornen– a que se abran los dos únicos regalos que aún yacen en el suelo. Esos paquetes –un peluche y un juego de mesa– se los trajo el niño Dios el pasado 24 de diciembre a Gina Marcela –10 años, tez morena, pelo negro en rizos–, pero su mamá, Abigail, no ha querido guardarlos ni desarmar el árbol pensando en que pronto su hija aparezca y rasgue con alegría aquellas envolturas.

La noche del domingo 21 de noviembre Gina salió a comprar unos chicles. Esperaba ansiosa que llegara su mamá del trabajo, pues al siguiente día celebraría en su escuela el fin del año escolar y debía llevar algún dulce para compartir. La niña la llamó desde las cabinas telefónicas de la tienda de la esquina para preguntarle cuánto se tardaría y acordaron que saldrían juntas a comprar unas galletas con mermelada para la reunión. Gina pagó con una moneda de cien pesos su llamada y salió corriendo de vuelta a casa. Abigail, al llegar del trabajo, la esperó preocupada hasta las 11 de la noche, cuando decidió reportar su ausencia en la línea 123.

Gina no apareció en los hospitales, ni en la morgue de Medicina Legal, ni en las correccionales de menores. Sus compañeros de colegio tampoco la han visto. Su hermano, Jair, sabe que era una niña alegre que no huiría de casa. En la Sijín llevan su caso y ofrecen una recompensa de diez millones de pesos a quien informe sobre su paradero. El principal sospechoso –dice Abigail– parece ser el padre de la niña –su ex esposo– quien vive en Puerto Berrío y debe varios meses de inasistencia alimentaria. Pero hasta ahora, nada se ha encontrado y Gina no llega a casa. “Ella me ayudó a armar el árbol y ella me va a ayudar a desarmarlo”, dice llena de esperanza la mamá, que espera poder prepararle de bienvenida un plato de arroz atollado, su preferido.

Nota: La foto de la menor se publicó por petición de la familia.

John Devia / Altos de Cazucá, sur de Bogotá

John Devia. / Foto: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia

Anderson –9 años– rueda por la calle empinada en la bicicleta roja que su hermano John –de 22– le compró el último día del 2010, el que, casualmente, también sería el último día de su vida

Ese viernes 31 de diciembre, a las 4 de la tarde, John contestó una llamada de Juan Carlos, un amigo del colegio Sierra Morena, donde ambos validaban décimo grado los fines de semana. “Camine y le gasto unas cervecitas, porque usted no hace sino trabajar”, le propuso, y John salió a la calle estrenando saco marca Gap, jeans negros y unos zapatos color beige. Sairi, su mamá (en la foto), tuvo que hacer la cuenta regresiva de fin de año, comerse las 12 uvas y hacer un brindis en su ausencia, inusual durante las muchas fechas especiales.

John no llegó esa madrugada, ni la siguiente, y la fe de Sairi se empezó a desvanecer cuando escuchó, de boca de Juan Carlos, que habían sido víctimas de la escopolamina y que no sabía dónde estaba John. Su mamá lo buscó en hospitales, en cárceles, inclusive se metió a la temida cuadra del Bronx, una olla de droga en el centro de Bogotá que, según Juan Carlos, también habían visitado. El pasado 8 de enero, el joven, que aspiraba a convertirse en un escolta, que disfrutaba del rap y que cocinaba “delicioso”, fue a parar a Medicina Legal y, según la necropsia, murió por un tromboembolismo pulmonar que le provocó un infarto y lo dejó sin aire. Sairi no cree que su hijo haya sido un vicioso y esa corazonada la ha llevado a buscar respuestas, aun después de que las mismas autoridades le han sugerido no insistir en buscar justicia por la desaparición de su hijo John. Siente rabia. En cambio, su hermana, Julieth, guarda con tristeza un cuaderno bajo su almohada, donde él escribía poemas para la única mujer que, a su temprana edad, amó.

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3 comentarios

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3 Respuestas a “Salir de casa y no volver / Reportaje

  1. luis

    Que triste historia de Adriana, ojala algún dia aparezcas buena amiga.

  2. johanna diaz

    hay john tu sabes que aunq fue tarde cundo me entere de tu partida para mi como para muchos de tus amigos en especial checho el cual te quería muchisissismo fue muy duro saber que te fuiste sabiendo que si no hubiera sido por esa porquería de amigo que tenias todavía estarías con nosotros te quiero mucho mi monito

  3. Cordial Saludo, se que este tema es tremendo, mi hija se me perdio en un centro comercial hace un par de meses afortunadamente la encontre, de manera que, me vi en la tarea de buscar soluciones de tecnología para localizar personas vía GPS y niños pequeños, quien requiera mas información contactarme a andresfelzul@gmail.com.

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