Búsqueda entre la niebla

Jairo Ochoa, busca a su hijo. / Fotografía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

Perder a un hijo en una región cubierta de niebla es desolador. Eso lo sabe Jairo Ochoa, el papá de Camilo, un estudiante de 19 años al que pareciera se lo hubiera tragado la montaña: desapareció en el Parque de Los Nevados. Para su edición de Septiembre de 2011, Revista GENTE Colombia viajó hasta el último lugar donde lo vieron con vida, un paraje bello, imponente y solitario, a 3.700 metros de altura. Hoy, cinco meses después, continúa la búsqueda.

 Por Elizabeth Reyes Le Paliscot. Fotografía: Julián Lineros.

Enviados especiales a Quindío y Tolima

Al otro lado del teléfono, la voz de Jairo Ochoa se escucha cansada. Se acaba de enterar de que no buscarán más a Camilo. Su espera en la Estación de Bomberos de Salento, un pueblo alegre y colorido a 40 minutos de Armenia, parece haber llegado a su fin. Eso es lo que piensan quienes lo han visto deambular por sus calles empinadas desde el día en

que se conoció la noticia de la desaparición de su hijo. Fue un miércoles. Llegó apurado desde Bogotá con la angustia instalada en su estómago. Desde entonces, el 23 de junio, hace casi tres meses, intenta alargar las horas. Mete las manos entre los bolsillos de un saco azul que se vuelve a poner día tras día y ya no le importa si le crece la barba. Espera.

Así pasa. De tanto buscar a un desaparecido, el único que cree que regresará vivo es quien lo sigue llorando en las noches. Jairo Ochoa lo sabe y ha tenido que aprender a tragarse esa soledad que va unida a la desaparición. Pero otra cosa –dice– es tener que resignarse a escuchar por teléfono las noticias sobre la búsqueda de Camilo. Él renunció a sentir esa impotencia. Se quitó su bata de enfermero y viajó hasta Salento, donde tenía que haber llegado su único hijo.

Camilo Ochoa. / Foto: Archivo Particular.

–Aquí me quedo hasta que lo encuentre, porque Salento es lo más cerca que puedo estar de Camilo–.

Eso fue lo que dijo Jairo Ochoa al otro lado del teléfono. También murmuró que si las autoridades paraban la búsqueda, él iría hasta esas altísimas montañas entre Quindío y Tolima donde vieron por última vez a su hijo de 19 años. Caminaría hasta La Primavera, una finca a diez horas de Salento y a 3.700 metros de altura, paso obligado para llegar al pueblo. O si se quiere, para ir al nevado del Tolima, esa imponente cumbre cercada de niebla. Después, ya vería.

Camilo y sus compañeros. / Foto: Archivo particular.

En la montaña

Desde el 23 de junio, Jairo Ochoa duerme en una habitación improvisada en la Estación de Bomberos de Salento y almuerza en una casa que está enfrente. Todos en el pueblo saben que es el papá del estudiante de antropología de la Universidad Nacional que se perdió en los nevados. Algunos le preguntan por Camilo y otros solo agachan la mirada, pero siempre murmuran y hacen cábalas.

Se le nota la tristeza. Es un hombre pequeño, delgado y ahora tiene unas enormes ojeras. Le gusta acomodarse sus viejas gafas mientras saca una libreta donde registra con detalle cada cosa que le dicen sobre su hijo. También tiene escritas las hipótesis de lo que le pudo haber pasado y hasta las locuras –dice– que se han atrevido a insinuarle.

–Que Camilo ya salió de los nevados y que sencillamente, no quiere regresar. ¿Cómo no va a querer regresar?–.

Jairo Ochoa en la búsqueda. / Fotografía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

En las afueras de Salento son las tres de la tarde de un lunes lluvioso. Jairo camina sobre la vía al Valle de Cocora, que está inundada por palmas de cera. Han pasado más de dos meses desde que vio por última vez a Camilo, en Bogotá. Le había contado del viaje. Se iría con un grupo de amigos de la universidad. Llegarían primero a Ibagué, de ahí subirían hasta Termales de Cañón, en las estribaciones del nevado del Tolima, donde –luego lo sabría– el grupo se separó. El lugar es un cruce de caminos en el Parque Nacional de los Nevados, un paraíso de 58 mil hectáreas que se extiende por Caldas, Risaralda, Tolima y Quindío.

Lleva botas de plástico, guantes de lana, un morral, un machete y una bolsa de dormir. Atún, panela, una linterna. Es un viejo zorro para caminar. Camilo heredó su gusto por la pesca, por conocer las montañas, por acampar. Por eso, hay momentos en que lo imagina en el páramo y lo ve resistiendo sin sentirse ajeno a tanto frío y tanta niebla. También imagina que come como lo hicieron el día antes de viajar, cuando le contó que había comprado una carpa de alta montaña, ropa para el frío, fósforos, panela molida y enlatados. Jairo lo aconsejó. También hablaron de otro viaje al Ecuador y de un sueño: Camilo quería irse de intercambio a Alemania.

Jairo Ochoa en la búsqueda. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

Todo lo cuenta mientras camina, primero por un bosque tupido cargado de agua y luego por un valle inundado de frailejones. Está a 2.390 metros de altura y subirá a 3.700. Lo guía Albeiro, un hombre que conoce la región como pocos y que se ha ofrecido a acompañarlo hasta La Primavera. Cada tanto, cuando se topan con avisos que indican la altura y la distancia que les falta por recorrer, este hombre de 56 años saca una foto del rostro de Camilo y la acomoda como puede sobre trozos de madera. También hace conjeturas, pregunta por atajos, revisa cada rastro que encuentra en el camino, los huecos, las hendijas. Todo, por más pequeño que sea, se convierte en una gran esperanza. Y eso incluye a la guerrilla.

–¿No le parece una paradoja? –.

La pregunta la hace en voz alta a las nueve de la noche en Estrella de Agua, una finca a mitad de camino entre Salento y La Primavera, donde pararon a dormir con Albeiro. Lo hacen sobre el suelo, en un cuarto desnudo con paredes de madera y piso de cemento. Jairo cambió sus medias mojadas, tomó agua de panela y se refugió en su bolsa de dormir. Albeiro no pudo mirarlo en la oscuridad. Llovía a cántaros. Más tarde le diría: “Solo en las noches es que se dimensiona el tamaño de la tragedia”.

Jairo Ochoa pegando carteles de su hijo. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

En el páramo

Jairo Ochoa habló con su hijo el día que salió de Bogotá, al siguiente y otro más. La última vez lo ubicó en el celular de su amiga Kery Moreno. Sabe que de Termales de Cañón buscarían llegar a Salento, atravesando el Parque de los Nevados. También sabe que Camilo camina despacio porque va tomando fotografías y que esa manía es vieja. Lo que no entiende es cómo se pudo rezagar tanto del grupo como para tener que acampar solo en la laguna del Encanto, a más de 4 mil metros de altura.

Está seguro de que esto ocurrió porque un campesino vio de lejos la carpa de Camilo y fue a buscarlo a la laguna. Ahí se enteró que los cuatro jóvenes que habían dormido en su finca, la noche anterior, eran los amigos de Camilo. Pero a él parecía no importarle estar solo, contó luego el campesino. Se veía tranquilo y le pidió que lo guiara hasta La Primavera.

Lo que pasó con sus amigos no resulta tan fácil de entender, aunque sus explicaciones son tan sencillas, que desconciertan. Ellos dicen que Camilo se quería devolver hasta Termales de Cañón y que como se fue rezagando, asumieron que había regresado y ya no se preocuparon por esperarlo. Se lo contaron a Jairo cuando volvió a llamar al celular de Kery, sin saber que mientras avanzaban hacia Salento, Camilo se perdía en una región tan vasta como difícil por la espesa vegetación y las bajas temperaturas. Cuando todo se supo, ya habían pasado siete días y las alarmas sonaron trasnochadas.

Jairo Ochoa camina por el páramo. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

Hasta aquí, la historia no tiene mayores altibajos, piensa Jairo, ahora que comienza realmente a desandar los pasos de su hijo. Confía en Albeiro y a pesar de la lluvia, emprenden nuevamente la subida hacia La Primavera. Los montañistas llaman al sector, El Valle de los Perdidos, porque es fácil confundirse de camino por culpa de la espesa niebla. Las huellas del ganado y las mulas también distraen a los turistas que van o vienen del nevado. Cada cierto tramo, una cinta amarilla amarrada a cualquier rama es la única forma para seguir la ruta. Jairo no puede disimular su angustia. Es como si él también se sintiera perdido. Y de nuevo empieza a hacer conjeturas.

Realmente, lo que más desconcierta a este hombre metido entre las montañas en las que se perdió Camilo, es que no se haya encontrado ni un solo rastro de él durante las tres grandes búsquedas que han hecho los organismos de rescate. Lo mismo dicen los montañistas que suben y bajan continuamente a los nevados. Ni la guitarra que llevaba, ni su pantalón a cuadros café, ni la chaqueta verde oscura, ni sus botas.

Aunque no lo dice, Jairo no puede disimular el malestar que le provoca que le anden repitiendo que a los perdidos siempre los encuentran, vivos o muertos, y que con Camilo todo es un misterio. Mientras se acerca a La Primavera, la respiración se acelera y no es solo por los 3.700 metros de altura. Aprieta el paso. También llora un poco y se aleja de Albeiro. Es la primera vez que lo hace desde que salió de Salento y le sirve para tomar impulso. Jairo sabe que se encontrará con Mabel González, la última persona que habló con Camilo y que en el fondo, oírla a ella es como tener un poco de él.

Jairo Ochoa en la búsqueda. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

Sin descanso

El fogón de la cocina es el corazón de La Primavera. Son nuevamente las tres de la tarde y la finca está a reventar. Mabel, la dueña, prepara el almuerzo para los turistas que van hacia el nevado. A su alrededor y por culpa del frío, se amontonan unos cuantos que tratan de calentarse los pies. La mayoría son extranjeros que van con guía y pronto se enteran de que Jairo busca a su hijo Camilo.

–Le ofrecí agua de panela y ni siquiera descargó el morral –dice Mabel–. Iba con su guitarra al hombro. Era la una de tarde y sus amigos pasaron dos horas antes. No dijo mucho, pero no parecía apurado por alcanzarlos. Me regaló tres dulces–.

Jairo Ochoa en la búsqueda. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

Mabel le mostró el camino hacia Salento y lo siguió hasta que se perdió en el valle. Eso fue todo. Jairo le mira las manos mientras la escucha y luego continúa la conversación basado en sus conjeturas. A Mabel le parece remota la posibilidad de que a Camilo lo tenga la guerrilla del ELN, aunque a estas alturas parece la única opción.

–Ellos rondan por acá, eso no se lo puedo negar, pero hasta ahora no se han llevado a nadie–.

Lo otro –dice– es que él hubiera tomado la decisión de irse con ellos. Jairo se vuelve a sentir incómodo. No puede imaginar a Camilo en esa situación. Mira a Albeiro y vuelve a preguntarle: “¿No le parece una paradoja?”. Y ahora se responde a sí mismo: “Mi única esperanza es que a Camilo lo tenga la guerrilla”.

Nevado del Tolima. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

En los días siguientes, Jairo Ochoa continuó buscando. Albeiro lo acompañó como su lazarillo por todo el Valle de los Perdidos y se internaron en la cuenca del río Toche, una zona selvática y lluviosa. Regresó a Salento, fue varias veces a Medicina Legal y al CTI de la Fiscalía en Armenia, pero nada. Hasta le escribió un mensaje al ELN en su página Web. Intentó hablar con el presidente Juan Manuel Santos cuando visitó el Parque del Café y aunque no lo logró, consiguió que el Ministerio del Interior reanudara la búsqueda de Camilo.

Jairo dice que no volverá a las calles de Salento, a sentarse a esperar mientras la tristeza lo sigue consumiendo, como le pasa a María del Carmen Garzón, la mamá de Camilo, que vive en España.

Una última llamada.

–¿Qué ha pasado?

–Nada, no ha pasado nada.

Jairo Ochoa en la búsqueda. / Fotograía: Julián Lineros © Revista GENTE Colombia.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “Búsqueda entre la niebla

  1. Maye

    El amor de padre es implacable…. esto debe tener un final feliz de hermosa telenovela donde el padre encuentra a su primojenito vivo y lleno de vida en las hermosas tierras que el señor nos regalo para gozar de ellas,el contara lo hermoso que es la naturaleza y cuidara de su padre asta el final de su vida,asi como su padre lucho por estar al lado de su hijo.

  2. Cesar P.

    Viejo PONY te esperamos eres un gran amigo y cada vez que pienso en usted me lleno de una nostalgia tenaz! siempre lo llevo presente socio.

    Yo sé que usted es un berraquito y que nada puede con usted

    Cesar

  3. Qué comentario puede hacer nadie sobre este hecho tan triste. El dolor de un padre o una madre por la desaparición de un hijo es algo que nadie puede comprender. Dios los ilumine a todos para encontrar una respuesta, por lo menos una huella que permita dar una luz de esperanza. Dicen que entre cielo y tierra no hay nada oculto y creo plenamente en eso. La fe no se pierde jamás y menos cuando viene del corazón de un padre. Siga luchando don Jairo, ese lazo que lo une a su hijo hace que su fe mueva esas montañas y lo devuelvan a su hogar.

  4. beatriz lopez

    Oigan…. Nada de Camilo? no ha aparecido?????

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